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Un sector importante de la sociedad Argentina se encuentra atravesado por un profundo miedo a la inseguridad. Esta situación genera que se propaguen los barrios cerrados, la segmentación de grupos poblacionales según su estatus social, el aislamiento de ciudadanos que se los percibe como peligrosos y la multiplicación de medidas de seguridad. En pocas palabras, se profundiza la fragmentación social.
Ahora bien, ¿Qué nos está empujando como sociedad a este pánico al delito? ¿Nos aterra cualquier infracción o la cometida por cierto sector?
Según el Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni, juez de la Corte Suprema de Justicia de la Argentina, “se está estigmatizando y criminalizando a un grupo social. Que normalmente son los adolecentes y jóvenes de barrios precarios de toda nuestra región”. Los medios masivos de comunicación nos muestran un chico que cometió un delito grave. Ese hecho lo reiteran en distintos horarios y en distintos soportes, amplificando así el fenómeno e instalándolo en nuestra agenda. Paralelamente, nos dan un testimonio pormenorizado de las víctimas y de sus familiares. Luego nos muestran en la otra imagen un joven tomando cerveza en la esquina. Este es igual, son ellos. Es como si nos dijeran, este todavía no lo hizo pero lo va a hacer.
En ese sentido, Zaffaroni sostiene que este no es un fenómeno local, considera que hay una criminología mediática mundial que baja de Estados Unidos y se expande por el mundo con una exaltación de la venganza. Dicho fenómeno toma como chivo expiatorio a un grupo social: en Estados Unidos son los negros; en Europa son los Inmigrantes, los turcos en Alemania o los islámicos en Francia. En la Argentina se vive con miedo de los jóvenes de los barrios humildes.
Cuando se toma un grupo social como chivo expiatorio se lo responsabiliza de los fracasos del colectivo. Se canalizan sobre él los valores peyorativos que circulan en la sociedad, es decir se hace depositario de los aspectos negativos y atemorizantes.
El sociólogo Carlos Belvedere (1) define esta situación despreciativa como “discriminación social”. La caracteriza como la exclusión social legitimada y/o institucionalizada basada en un estereotipo que naturaliza una identidad social mediante la sutura en torno a rasgos particulares a los cuales se les adscriben dogmáticamente como indisociables características negativas que no le son necesarias.
En ese sentido, en los grandes medios de comunicación circulan discursos que amplifican desproporcionalmente los incidentes que tuvieron a menores de barrios humildes como protagonistas. Paralelamente asocian la violencia, el delito y el consumo de drogas a la identidad de los jóvenes pobres. En definitiva se refuerza el miedo y la exclusión de este sector social.
En la Argentina durante los últimos meses esta lectura de la realidad empujó el debate sobre la supuesta necesidad de bajar la edad de imputabilidad con el objetivo de profundizar la prisionalización de los menores que cometen delitos. Es decir, frente al miedo de muchos sectores la respuesta fue intentar aumentar las detenciones.
Ahora bien, más allá de nuestras percepciones, los números muestran otras cosas. Primero una aclaración: mundialmente, para realizar estudios comparativos se utiliza la tasa de homicidios ya que es el dato que prácticamente no tiene sub registros. Según la Dirección Nacional de Política Criminal del Ministerio de Justicia, Seguridad y DDHH sólo un 13 % de este tipo de delitos es cometido por menores de 18 años. Es decir, hay pocos casos cometidos por chicos. Asimismo, tampoco existe una relación entre la baja de edad de imputabilidad y la reducción del delito. Según un estudio de la organización Panamericana de la Salud en el Salvador y en Brasil la edad de imputabilidad es a partir de los 12 años y la tasa de homicidios cada 100 mil habitantes es de 43,4 y 31 respectivamente. Mientras que en Argentina los chicos pueden ser condenados es a partir de los 16 años y la tasa es del 6,8.
En este contexto cabe preguntarse, ¿Por qué este miedo específico a los jóvenes pobres? ¿Es racional la sensación de amenaza constante de un sector social? Si nuestra percepción de la realidad tuviera una relación directa con los números estadísticos tendríamos que tener pánico a cruzar la calle, ya que según la Fundación Luchemos por la Vida (2) en el 2008 murieron 8205 personas en accidentes de tránsito en la Argentina, mientras que hubo 2305 homicidios dolosos en el mismo año.
En decir que en términos racionales tendríamos que tener cuatro veces más miedo a morir atropellados que a ser víctimas de un asesinato. También si los medios de comunicación sólo reflejaran la realidad tendríamos que tener cuatro veces más noticias de los accidentes de tránsito que de asesinatos. Pero no, la cobertura mediática no se agota en cubrir cualquier noticia morbosa. No se refleja mecánicamente los números de las víctimas fatales. Hay una espectacularidad que esta acentuada en la idea de los jóvenes peligrosos.
En ese sentido, como profesionales de la comunicación si debemos cubrir y analizar la problemática de seguridad hay que intentar evitar reproducir mecánicamente los discursos que circulan que exaltan el miedo. Una sociedad atemorizada y con amplios niveles de estigmatización es una combinación peligrosa, en particular para los jóvenes de los sectores más vulnerables.
1. Carlos Belvedere. Sociólogo. Autor del libro “De sapos y cocodrilos. La lógica elusiva de la discriminación social”.
2. Luchemos por la Vida es una asociación civil argentina, con sede en Buenos Aires , dedicada a la prevención de accidentes de tránsito. 
Roberto Samar
Argentina
Licenciado en Comunicación Social. Licenciado en Periodismo. Especializado en Políticas Públicas. Docente de Filosofía Política Moderna – Universidad Nacional de Lomas de Zamora
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