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Para una buena gestión de comunicación en una campaña política “se debe hacer comunicación de gestión todo el tiempo”, dice Juan José Larrea, Licenciado en comunicación Social, y especialista en estos temas en Latinoamérica. También asegura que hoy en día es muy difícil encontrar personal idóneo para una tarea exitosa, puesto que los especialistas de hoy están reticentes a adaptarse a las nuevas herramientas y quienes manejan estas nuevas herramientas, no tienen la experiencia necesaria en la materia. Por cierto, una apreciación absolutamente correcta. Pero si para asegurar definitivamente el éxito de una campaña –como dice Larrea-, es necesaria la permanente comunicación de gestión, entonces deberíamos hacer hincapié en otro obstáculo que se nos presenta al momento de abrir esa caja de herramientas y comenzar a trabajar en nuestro objetivo con toda nuestra experiencia.
A lo que me refiero es a que, en mi opinión, si tenemos la suerte de contar con el especialista número uno en comunicación, y con las herramientas más avanzadas y tecnológicas, pero el candidato para quien vayamos a trabajar no tiene gestión que comunicar, es muy probable, también, que el éxito de la campaña se vea seriamente amenazado.
En la Argentina de finales del siglo pasado, la enorme brecha que se generó entre lo prometido en las campañas y lo ejecutado en las gestiones, produjo en el ciudadano común una herida que, en lugar de cicatrizar con el tiempo, terminó provocándole una “hemorragia antipolítica”, que se materializó definitivamente en la crisis del 2001, cuando salió a la calle a gritar aquel “que se vayan todos”, acompañado por el son de las cacerolas. El ciudadano común, desde entonces, ha estigmatizado como corrupto al candidato de la vieja política y tiene serias dudas acerca de depositar su confianza en adolescentes políticos que, ante el primer obstáculo, terminaran volviendo a las viejas fuentes a beber de sus aguas estancadas en el tiempo. Por eso es que, finalmente, cuando llega el momento de elegir un candidato, termina depositando su confianza, por ejemplo, en un empresario exitoso (o no), en una actriz de reparto, o en un deportista, que a la hora de mostrar gestión política, se encuentra con un vació tan grande, que obliga a los realizadores de su campaña, a dar más datos sobre su oponente que sobre ellos mismos. ¿Qué sucede entonces? Las campañas se tornan cada vez más agresivas. Especialmente en estas épocas de elecciones, podemos ver a diario, infinitos espacios comunicacionales repletos de noticias que negativizan y desmerecen la campaña de algún candidato con algo de gestión para mostrar. ¿Por qué? Seguramente, porque habrá intereses económicos detrás. Pero seguramente, también, porque no hay demasiada gestión para mostrar por el otro lado. ¿Qué se comunica entonces? Se comunican los pecados del opositor y no las virtudes del dueño de la campaña.
Por supuesto que el éxito de la campaña dependerá, entonces, de la comunicación permanente de la gestión del candidato y de lo que él tenga para mostrar de su gestión. Este tercer ítem puede parecerle menor a alguna persona ajena a la comunicación. Este ítem, debe ser tenido en cuenta, siempre, por el comunicador. El problema que nos quedará por resolver, entonces, será el de iluminarnos a la hora de tener que comunicar una inexistente gestión del candidato, y no dejarnos arrastrar por el facilismo, intelectualmente paupérrimo, pero además evidente y patético, de recurrir a la agresión o a la desacreditación del otro, no sólo porque el candidato no tiene demasiado que comunicar, sino porque a nosotros no se nos enciende ni una lamparita de 2w.
Sergio Wagner - Periodista
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